Eleanor Roosevelt, la primera dama del mundo

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, decía el texto por el que tanto había bregado. El orgullo desbordaba su mirada. Dos años de arduas negociaciones había llevado adelante la Comisión que encabezaba la “Primera Dama del Mundo”, como la llamaba el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, para llegar a un consenso en la flamante Organización de las Naciones Unidas. De esta manera, coronaba una vida de lucha. La titular de la Comisión encargada de la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos, Eleanor Roosevelt, sabía que el texto que leía con satisfacción la haría quedar en la historia. Quizás no podía dimensionar que había logrado la creación de una herramienta fundamental para la lucha en busca de la paz y la dignidad humana.

Una Roosevelt

Eleanor Roosevelt nació el 11 de octubre de 1884 en el seno de una de las familias que más han marcado a fuego la historia contemporánea de los Estados Unidos. Hija de Elliot y Anna Hall, fue sobrina del presidente republicano Theodore Roosevelt (1901-1909). Sin dudas, su familia ha influido fuertemente en su formación política.

Su infancia fue difícil. A los 10 años quedó huérfana y su abuela materna, Mary Ludlow Hall, se hizo cargo de ella. La educación de Eleanor no difirió de la que recibían las niñas de aquella época. Su destino tendría que ser el de una madre dedicada y una esposa abnegada. El siglo XX sería testigo de lo lejos que estuvo de ello.

Para recuperar la confianza perdida durante los años de su niñez tuvo que irse del seno familiar. Su educación había transitado entre la enseñanza particular de Frederic Roser, profesor habitual de los hijos de las familias más adineradas de Estados Unidos, y la educación religiosa. A los 15 años se trasladó a Inglaterra para estudiar en la Academia de Allenswood Chica, Wimbledon Common, Londres. Esta institución dirigida por Marie Souvestre fue una de las primeras grandes influencias en su pensamiento y accionar político. El ambiente era estimulante. En la institución hacían hincapié en el estudio de historia, geografía, literatura y lenguas extranjeras así como en la importancia de promover la investigación directa y el pensamiento libre. Permaneció tres años (1899-1902), pero no pudo concluir sus estudios porque tuvo que volver a Estados Unidos, con mucho pesar, a pedido de su abuela.

A su regreso, a fines de 1902, un amor inesperado le cambiaría la vida para siempre. Conocería a su primo Franklin Delano Roosevelt, de quien se enamoraría y se comprometería en secreto al año siguiente. Su futura suegra, Sara, no estaba de acuerdo con este matrimonio. A pesar de ello, en 1905, Eleanor contrajo matrimonio con él y tuvieron seis hijos. Por aquel entonces, Franklin era una joven promesa del Partido Demócrata. Eleanor lo acompañó en el camino de la política, en el cual ella también se destacaría. Con los años fue tomando un rol cada vez más fuerte, alejado de aquel que se esperaba para ella. No sería sólo una compañera y madre de los hijos del político, sería protagonista.

Un nuevo trato en la caída del mundo

El 24 de octubre de 1929 quedará en la historia como el “jueves negro”, el día en que la Bolsa de Valores de la ciudad de Nueva York, la más importante en ese entonces, se hundió y generó una crisis que no sólo afectaría a Estados Unidos, sino que llegaría a escala mundial. El Crack impactaría de tal manera que daría paso a la Gran Depresión de los años 30. Una recesión mundial que desencadenaría la caída de la actividad económica, un aumento de la desocupación y de la desesperanza.

Fue tal la especulación y los fraudes cometidos, que la Bolsa de Nueva York perdió la mitad de su valor en apenas un mes. Hubo familias enteras arruinadas y suicidios masivos. Los ahorristas, dominados por el pánico, retiraron sus dineros y provocaron la quiebra de innumerables bancos. Esto trajo aparejado que miles de empresas quedarán sin financiamiento. La crisis se expandió con una ferocidad implacable. Entre 1929 y 1932, en los Estados Unidos desaparecieron unas 32 mil firmas. Pronto afectó a la economía mundial.

Luego de años de liberalismo económico y gobiernos republicanos, Franklin Delano Roosevelt ganaría la presidencia de Estados Unidos en 1932 como candidato del Partido Demócrata. Cuatro años atrás había sido elegido como gobernador de Nueva York. Su buena gestión local, sumada a la incapacidad republicana para hacer frente a la crisis, le permitió ganar la adhesión de los votantes. Durante cuatro períodos consecutivos (el único que lo logró en su país), desplegó la política del New Deal (Nuevo Trato, en su traducción al español) que implicaba una activa intervención del Estado en la economía y en la sociedad, con el objetivo de encarrilar la economía e impulsar el crecimiento del empleo.

A partir de la asunción de su marido, Eleanor Roosevelt encaró su rol como Primera Dama de una manera totalmente diferente al de sus antecesoras. Participó de innumerables actividades en favor de los derechos de las mujeres y brindó más de trescientas conferencias para periodistas mujeres. Intervino activamente en la Liga de las Mujeres Votantes, en la Liga de Mujeres de la Unión de Comercio y en la División de Mujeres del Partido Demócrata. También abogó por los derechos de los afroamericanos.

Su intervención no sólo consistió en el activismo, sino que también desplegó su prédica a través del periodismo. En su columna “My Day” (Mi día), reproducida en diferentes diarios de todo Estados Unidos en los tiempos aciagos de la Gran Depresión, se ocupó de los problemas sociales. Allí pudo difundir sus posturas feministas y antisegregacionistas.

La pluma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Eleanor Roosevelt se encontraba en Washington DC cuando le comunicaron la dolorosa noticia. El 12 de abril de 1945 fallece su marido y presidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt. Durante años sufrió padecimientos físicos y enfermedades. El vicepresidente Harry Truman fue quien le avisó a Eleanor de su pérdida. Emocionado, le preguntó si podía ayudarla. Ella le contestó: «No hay nada en lo que puedas ayudarme, eres tú quien está en problemas». Si bien la victoria aliada contra el Eje liderado por el nazismo era cuestión de días, todavía no había terminado la Segunda Guerra Mundial.

Luego del fin de la guerra, nacía un nuevo orden mundial bipolar. Dos superpotencias (los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas -URSS-) se disputaban la hegemonía planetaria. En este contexto, se creaba la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con la expectativa de ser superadora de la antecesora Sociedad de Naciones. Entre sus objetivos, se encontraba en convertirse en una herramienta que sirviera para prevenir nuevas guerras. El dato auspicioso era que, esta vez, las principales potencias serían integrantes de la flamante organización internacional.

En 1946, el Presidente Harry Truman nombró a Eleanor Roosevelt como delegada de los Estados Unidos en la ONU. Al poco tiempo sería designada para encabezar la Comisión de Derechos Humanos que sería la encargada de redactar la Declaración Universal de Derechos Humanos. Allí comenzó una ardua tarea de negociaciones con el objetivo de alcanzar el consenso necesario para aprobar el documento.

No obstante, no sólo se limitó a acercar posiciones entre los diferentes países, sino que también peleó por evitar que primara una mirada que invisibilize a la mujer. Entre otras cuestiones, discutió fuertemente por cambiar el texto original del artículo 1, “todos los hombres nacen libres e iguales”, por “todos los seres humanos nacen libres e iguales”. No fue fácil. Los hombres de la comisión no comprendían la diferencia sustancial entre ambas frases.

Finalmente, dos años después, logró presentar el texto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos ante la asamblea de la ONU. En su presentación sostuvo que “nos encontramos hoy en el umbral de un gran acontecimiento tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad. Esta declaración bien puede convertirse en la Carta Magna internacional para todos los hombres y mujeres en todo lugar”. El 10 de diciembre de 1948 fue aprobada por la ONU. Prontamente, se convirtió en el documento esencial para toda pelea, en cualquier lugar del mundo, por la vigencia de los derechos humanos.

No basta con hablar de paz

Luego de su papel en la ONU (1946-1952), siguió peleando por lo que creía, pero ya alejada de los primeros planos. Feminista convencida y antisegregacionista, siguió llevando adelante su prédica. A cada lugar donde le tocaba disertar interpelaba: “En definitiva ¿dónde empiezan los derechos humanos universales? Pues en pequeños lugares, cerca de nosotros; en lugares tan próximos y tan pequeños que no aparecen en los mapas. Esos son los lugares en los que cada hombre, mujer y niño busca ser igual ante la ley, en las oportunidades, en la dignidad sin discriminación. Si esos derechos no significan nada en esos lugares, tampoco significan nada en ninguna otra parte”.

Tenía 78 años cuando falleció. En sus memorias This is my story, This I remember, On my own, o Tomorrow is now dejó un mensaje sin concesiones pero optimista, donde creía que un mundo más justo era posible. Pero advirtió, “no basta con hablar de paz. Uno debe creer en ella y trabajar para conseguirla”.

December 10, 2016