7 de abril – Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio contra los Tutsis en Ruanda

Hoy se cumplen veinticuatro años del inicio de uno de los genocidios contemporáneos más atroces. En tan sólo cien días fueron asesinadas en Ruanda alrededor de 800 mil personas pertenecientes a la población tutsi, uno de los tres pueblos nativos de las naciones del África Central, Ruanda y Burundi. Los hechos se desencadenaron el 6 de abril de 1994, con el derribamiento del avión donde viajaba el presidente ruandés, Juvenal Habyarimana, perteneciente a la etnia hutu. Sin tener certeza de quiénes habían sido los responsables del atentado, las Fuerzas Hutu y grupos militares nacionalistas adjudicaron la autoría del crimen al Frente Patriótico Ruandés, una guerrilla conformada por habitantes tutsis expulsados a Uganda. El hecho desató el 7 de abril una masacre extendida que concluyó prácticamente con  el exterminio de los tutsi.

Ese día asesinaron a la primera ministra de Ruanda, Agathe Uwlingiyimana, y a diez soldados belgas pertenecientes a las fuerzas de seguridad de la ONU que la custodiaban. Fue sólo el comienzo. Mientras la emisora Mil Colinas hacía un llamamiento al exterminio de los tutsis, a los que nombraba “cucarachas” a fin de deshumanizarlos, las milicias, fuerzas armadas y grupos civiles hutus, – un 85 % de la población -, torturaban y asesinaban a cientos de miles de tutsis y más de dos millones de personas escapaban al exilio.

La escalada de violencia fue tan grande, que en 2003 la  Organización de las Naciones Unidas (ONU) estableció el 7 de abril como Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio cometido en Ruanda, nombre que recientemente se modificó por el de Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio de 1994 contra los Tutsis en Ruanda. La iniciativa promovió el repudio generalizado y un llamado a la reflexión sobre las circunstancias que dieron origen a estos crímenes y al rol que debió cumplir la comunidad internacional.

Pese a la dimensión de la masacre, la comunidad internacional se mostró inactiva durante meses. El 21 de abril de 1994 el Consejo de Seguridad de la ONU votó de forma unánime retirar por etapas la Misión de Pacificación de Naciones Unidas (UNAMIR) y evacuar a los extranjeros. De 2.539 soldados quedaron sólo 270. Sin ayuda internacional, el Frente Patriótico realizó en el norte del país una contraofensiva exitosa a principios de junio. Recién el 22 de  junio la ONU accedió al envío de tropas militares francesas que garantizaron la derrota hutu y se logró detener el genocidio.

Tribunal Internacional para Ruanda y la autocrítica de las Naciones Unidas

En noviembre de 1994 el Consejo de Seguridad de la ONU creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) con sede en Arusha (República Unida de Tanzania), para juzgar a los responsables de los crímenes crímenes. El TPIR funcionó hasta el 31 de diciembre de 2015 y se constituyó en el primer tribunal internacional en ordenar una condena por Genocidio. Fueron condenados 61 mandos militares, gobernantes y empresarios, además de religiosos, milicianos y responsables de medios de comunicación luego del testimonio de más de tres mil testigos. Fue una sentencia histórica – la última de 2003- porque significó la primera vez que se condenó a prisión perpetua a un grupo de periodistas por incitar al asesinato y a la violencia. También el tribunal determinó que los principales causantes del genocidio, entre otros, fueron el antiguo primer ministro Jean Kambanda, el ex jefe del Estado Mayor del Ejército, Agustín Bizimungo, y el ex ministro de Defensa, Théoneste Basogora.

A pesar de este logro, hubo una fuerte autocrítica en la comunidad internacional. En la sesión del Consejo de Seguridad de la ONU donde se conmemoró el vigésimo aniversario del genocidio en Ruanda, el diplomático neozelandés Colin Keating, quien presidía el Consejo de Seguridad cuando comenzó el genocidio, pidió “perdón” por la inacción de organismo. Según Keating, “el Consejo se negó a reconocer que se estaba perpetrando un genocidio contra los tutsis en Ruanda y no cumplió con su deber de reforzar la misión de paz de la ONU”.

La expresión artística como medio de resistencia

¿Cómo representar lo irrepresentable? Un camino posible es producir arte a partir de la tensión entre el horror y la belleza, propias de la humanidad. En su obra “Apenas un rostro” (que acompaña este artículo) la artista argentina Mariela Yeregui nos propone transitar esa tensión para recrear el horror del genocidio contra los tutsis. Desde lejos vemos unas telas coloridas y atractivas, que rápidamente nos referencian a África. A medida que nos acercamos, vemos difuminados en las figuras de los telares, los fragmentos de un rostro muerto multiplicado decena de veces. Es la cara desollada del presidente ruandés Juvenal Habyarimana luego del atentado que dio inicio a la ola de muerte.

La obra de Yeregui forma parte parte de la muestra “Memoria colectiva en tiempos de genocidio”, con curaduría de Laura Pomerantz donde diferentes artistas de Argentina abordan distintos genocidios suscitados a lo largo de la historia. En palabras de Pomerantz la muestra recrea “la urgente lucha contra el olvido y contra aquellos que lo impulsan guiados por motivos ilegítimos”. Cada artista se enfrentó al mismo desafío que Yeregui: ¿cómo representar lo irrepresentable?

Yeregui se encontraba en Costa de Marfil cuando se desató el genocidio contra los tutsi. Allí pudo acercarse a lo que estaba sucediendo en Ruanda y vio como miles de personas tuvieron que huir para salvar sus vidas. En su estadía en el país africano- que duró siete años -, descubrió que la decoración de la indumentaria africana narra historias de iconografías cifradas, las que intercambiadas entre las mujeres, resulta un medio de comunicación oculta. Es por ello que eligió la indumentaria pagnes, típica de aquella zona, para elaborar su obra. Al respecto explica Pomerantz el rostro repetido confiere un desagradable efecto sorpresa, y aunque se manifieste cuasi mimetizado formalmente con la ornamentación, señala la desgarrada trama del horror, cual intrusión forzosa en aquel silencio del devenir cotidiano envuelto en una vestimenta: la figura accidentada encierra el gatillo que destara la tragedia genocida inimaginable”. De esta manera, la obra interpela a los visitantes y promueve la reflexión sobre lo sucedido, como afirma Yeregui, a partir de una concepción del arte “como una forma de pensamiento crítico para la construcción de la memoria colectiva”.

MEMORIA COLECTIVA EN TIEMPOS DE GENOCIDIO from nitzanlevinson on Vimeo.