“La voz que van a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”, gritó antes de su ejecución August Spies. El periodista alemán de 31 años era uno de los denominados “Mártires de Chicago”, aquellos líderes de la huelga iniciada el 1° de mayo de 1886 en EE.UU. que buscaba el acatamiento por parte de las patronales del máximo de ocho horas para la jornada laboral. En las manifestaciones multitudinarias -que se mantuvieron por varios días- la represión policial dejó decenas de muertos entre la población civil y también se produjo el fallecimiento de un policía. Por este último hecho se inició un juicio, al que muchos calificaron de farsa, en el que se violaron normas procesales de forma y fondo, y por el cual fueron declarados culpables ocho de los 31 señalados inicialmente. Tres fueron condenados a prisión y cinco a muerte, que serían ejecutados en la horca al año siguiente. Los acontecimientos de Chicago además afectaron la vida de muchos trabajadores y dirigentes sindicales: fueron miles los despedidos, detenidos, procesados, heridos de bala o torturados.

Pero aquellos sucesos de mayo de 1886 también fueron un hito que impulsó a la Segunda Internacional (una organización formada por los partidos socialistas y laboristas de muchos países) a instituir en su Congreso Obrero Socialista realizado en París en 1889 el Día Internacional de los Trabajadores. En las décadas siguientes, la organización de los trabajadores y su lucha a través de movilizaciones y huelgas fue conquistando otros derechos, además de la jornada laboral de ocho horas. Paralelamente, en una gran mayoría de países del mundo cada 1º de mayo se transformó en un día festivo y de reivindicación de las conquistas laborales.

Luego de la Primera Guerra Mundial se fundó la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que para mediados del siglo pasado se incorporó a Naciones Unidas como organismo especializado en los asuntos relativos al trabajo y las relaciones laborales. En 1944, la OIT proclamó la Declaración de Filadelfia, documento de trascendental importancia y una reafirmación de los principios fundamentales sobre los que se basa la OIT, en especial que “el trabajo no es una mercancía”, “la libertad de expresión y de asociación es esencial para el progreso constante” y “la pobreza, en cualquier lugar, constituye un peligro para la prosperidad de todos”. La Declaración anticipa y ofrece un modelo para la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, documentos fundacionales para el objetivo que se trazó el conjunto de las naciones en el siglo XX.