Desde 2002, cada 12 de junio se celebra el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Prohibido en el derecho internacional, el trabajo infantil comprende tres categorías. Uno con las formas peores: esclavitud, trata de personas, servidumbre por deudas, reclutamiento forzoso de niños y niñas para conflictos armados, prostitución, pornografía, y otras actividades ilícitas. Otro con los trabajos realizados por niños o niñas que no alcanzan la edad mínima especificada según la legislación nacional, de acuerdo con normas internacionalmente aceptadas, que impida la educación y el pleno desarrollo del niño/a. Y el tercero lo integran las situaciones en las que un trabajo pone en peligro el bienestar físico, mental o moral del niño/a, ya sea por su propia naturaleza o por las condiciones en que se realiza, denominado trabajo peligroso.

La comunidad internacional en 2015 adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), con un renovado compromiso para acabar con este grave problema mundial. Sin embargo, los datos indican que se ha invertido la tendencia hacia la disminución del trabajo infantil que se venía registrando en los últimos 20 años. Por primera vez, se produce un aumento que se centra en los niños y niñas de 5 a 11 años.

En la actualidad, uno de cada 10 están comprometidos. Son 160 millones en situación de trabajo infantil y aunque se da con más frecuencia en el caso de los niños que en el de las niñas, con independencia de su edad, las niñas están en una situación de invisibilidad realizando trabajo doméstico, muchas veces en condiciones de amenaza. Con la COVID-19 estas cifras pueden crecer en 9 millones más.

En este año, el lema es “Protección social universal para erradicar el trabajo infantil”. La OIT, junto con sus mandantes y socios, hace un llamamiento para aumentar la inversión en los sistemas y regímenes de protección social con el fin de construir pisos de protección social sólidos y proteger a los niños y las niñas del trabajo infantil.