Mediante su resolución A/RES/66/836, en 1954 la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó que a partir de 1956 se instituya en todos los países un Día Universal del Niño, con el objetivo de promover el bienestar de la infancia, establecido posteriormente en instrumentos internacionales como la Declaración Universal de los Derechos del Niño.

“El niño gozará de una protección especial y dispondrá de oportunidades y servicios, dispensado todo ello por la ley y por otros medios, para que pueda desarrollarse física, mental, moral, espiritual y socialmente en forma saludable y normal, así como en condiciones de libertad y dignidad. Al promulgar leyes con este fin, la consideración fundamental será el interés superior del niño”, expresa la Declaración adoptada el 20 de noviembre de 1959.

Pero no era suficiente para proteger los derechos de la infancia porque, legalmente, esta Declaración no tenía carácter obligatorio. Por eso en 1978, el Gobierno de Polonia presentó a las Naciones Unidas la versión provisional de una Convención sobre los Derechos del Niño. De todos modos, la fecha se tomó para celebrar el Día Universal del Niño cada 20 de noviembre.

Exactamente treinta años después de la Declaración y tras una década de negociaciones con gobiernos de todo el mundo, líderes religiosos, ONG, y otras instituciones, finalmente se acordó el texto final de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 20 de noviembre de 1989, el tratado internacional más ratificado de la historia.

Los 54 artículos que componen la Convención recogen los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todos los niños y niñas, de aplicación obligatoria para los gobiernos. También define las responsabilidades de otros agentes como los padres y las madres, profesores, profesionales de la salud, investigadores y los propios niños y niñas.