“Estamos aquí porque estamos cansados de ser un pueblo que sufre. Estamos aquí porque deseamos nuestra libertad. Creemos que todos esos derechos humanos que son comunes al resto de la humanidad también deben ser gozados por nosotros”. Esas palabras fueron parte del discurso que Marcus Garvey, activista y fundador de la Asociación Universal para la Mejora del Hombre Negro (UNIA, por sus siglas en inglés), brindó al público reunido en un barrio de Nueva York, EEUU, para inaugurar en 1920 la primera Convención Internacional de los Pueblos Negros del Mundo.

El 31 de agosto de ese año finalizaba aquel encuentro con la Declaración de los Derechos de los Pueblos Negros del Mundo, una de las declaraciones de derechos humanos más significativas producidas por la sociedad civil en el siglo XX. Se generaba después de que miles de soldados afroamericanos regresaron a sus hogares luego de combatir en la Primera Guerra Mundial, para enfrentarse en su país una discriminación, segregación y violencia racial intensificadas.

En el marco del centésimo aniversario de aquella Declaración, en 2020 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la propuesta de Costa Rica para instituir cada 31 de agosto como Día Internacional de los Afrodescendientes, con el fin de “promover las extraordinarias contribuciones de la diáspora africana en todo el mundo y eliminar todas las formas de discriminación contra los afrodescendientes”.

En la Declaración A/RES/75/170 aprobada el 16 de diciembre de 2020, Naciones Unidas también hace mención a la resolución 43/1 del Consejo de Derechos Humanos, de 19 de junio de 2020, “en la que el Consejo condenó enérgicamente la persistencia entre las fuerzas del orden de prácticas violentas y discriminatorias de carácter racista y el uso excesivo de la fuerza contra los africanos y los afrodescendientes, y condenó el racismo estructural del sistema de justicia penal en todo el mundo”.