El Día Internacional de la Mujer es un momento para resaltar sus actos de valentía y determinación y celebrar las metas logradas, pero también para reflexionar acerca de los temas pendientes e insistir en concretar y consolidar cambios necesarios.

El DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER es un momento para resaltar sus actos de valentía y determinación y celebrar las metas logradas, pero, también, para reflexionar acerca de temas pendientes e insistir en concretar y consolidar los cambios necesarios.

Las mujeres siguen sufriendo estereotipos marcados por una sociedad cada vez más compleja. Por eso, es tiempo que experimenten y vean las transformaciones que se merecen, de ser mejor escuchadas y que tengan más oportunidades de acceso a la educación y de alcanzar la posibilidad de modificar su realidad para que sea más segura y donde podamos comprobar, de manera integral, la finalización de las violencias en su contra. Como sabemos, mejorar la legislación es importante pero no suficiente.

La prevención y el tratamiento de la violencia contra las mujeres es sustancial pues a pesar de que se aprobaron normas para prohibirla, se crearon procedimientos de denuncia y se brindaron capacitaciones en las altas competencias gubernamentales para procesar los casos, las presiones y las prácticas sociales continúan entorpeciendo sus denuncias y su búsqueda de justicia y protección. En este sentido, abordar con seriedad las barreras que existen dentro de cada comunidad, por más pequeña que sea, es fundamental para lograr el éxito.

No podemos ignorar que la violencia contra las mujeres ocurre, que las estadísticas de condenas por violación son generalmente muy bajas y que el abuso en el hogar todavía es considerado un problema doméstico, no criminal.

De igual modo, la trata de personas prevalece más en sociedades donde la igualdad de género es menos evidente y aunque toda persona puede convertirse en víctima de trata, la mayoría son mujeres y niñas forzadas bajo esclavitud o servidumbre que a menudo funciona en una variedad de sectores de la economía informal incluida la prostitución, el trabajo doméstico, la agricultura, la industria textil o la mendicidad callejera.

Al reconocer la violencia contra las mujeres como un problema de todas y todos, podremos cambiar. Debemos trabajar en conjunto. Insistir en actuar al decir no a la violencia contra las mujeres y sí a su empoderamiento. En efecto, es fundamental que este fortalecimiento sea el centro de las soluciones.

Esto debe ser apoyado con un compromiso activo. No se trata de un problema de mujeres sino de una cuestión social.

Hay evidencia de que la acción solidaria y comunitaria respecto de este tipo de violencia funciona si se intervienen la crueldad, el sexismo y la discriminación. Así, al implementar mecanismos de prevención y de respuesta lograremos un gran impacto en el ritmo del cambio. Es clave educar y hacer comprender cuáles son los problemas relacionados con la violencia y cuáles los pasos necesarios para desarrollar estrategias de transformación.

Por todo lo anterior quienes ocupan espacios de poder deben considerar y aplicar modelos teóricos sobre abuso y cambio, maximizar el impacto de los medios y, más importante, considerar a los varones y a los niños dentro de la solución.

Es urgente fomentar el derecho de las mujeres a tomar decisiones en todos los ámbitos de su vida y a tener una participación segura.

Entre los asuntos pendientes, tenemos presente que miles de mujeres se han visto excluidas para ejercer sus habilidades en áreas de su interés y obtener puestos de liderazgo y que, aún hoy, deben pugnar por alcanzar la paridad deseada en todos los ámbitos de su desempeño.

No escapa a nuestro registro el tema elegido por ONU Mujeres para el presente año: Mujeres líderes: Por un futuro igualitario en el mundo de la Covid-19 que “…celebra los enormes esfuerzos que realizan mujeres y niñas en todo el mundo para forjar un futuro más igualitario y recuperarse de la pandemia…”

A pesar de los logros obtenidos existe la preocupación de que la pandemia haya acentuado las disparidades de género existentes al provocar una reversión a los roles tradicionales que afectó y afecta negativamente la salud de muchas mujeres con secuelas psicofísicas y socioeconómicas a largo plazo.

El agravamiento de la desigualdad de género aumentó, asimismo, por la falta de servicios de apoyo que, anteriormente, permitían trabajar a las mujeres. Con la suspensión de muchas tareas de cuidado —como la atención de menores, el cuidado de adultos mayores y la asistencia en tareas domésticas— las demandas adicionales del hogar recayeron desproporcionadamente en ellas.
En el caso de las mujeres que pudieron conservar sus puestos de trabajo, se espera un estrés adicional al equilibrar el trabajo y el hogar, lo que resultaría en una disminución de su productividad laboral, especialmente en profesiones de atención médica y de trabajos orientados al servicio con exposición asociada al COVID-19.

Además de soportar la peor parte de las pérdidas sociales y económicas de la pandemia, las mujeres se han visto desproporcionadamente afectadas de manera negativa en términos de su bienestar.

Hoy las mujeres, en especial las adolescentes y las jóvenes, necesitan vivir una transformación que requiere igualdad en términos de respeto y de promoción de sus capacidades para que definan sus prioridades y tomen sus propias determinaciones. Estos logros son difíciles de cuantificar ya que se trata de renegociar relaciones de poder, pero su fortalecimiento permitirá la expansión de su potencial para tomar decisiones estratégicas vitales en contextos en el que su capacidad les fue previamente negada.

Celebramos el día internacional de la mujer reivindicando el valor del feminismo y la ratificación de los acuerdos globales y de instrumentos internacionales que Argentina se ha comprometido a asumir para la defensa y promoción de los derechos de las niñas y mujeres.

Trabajamos para que las demandas de las mujeres continúen convirtiéndose en políticas públicas para combatir la desigualdad de género y hacemos un llamado a la reflexión para que su reconocimiento tenga la dimensión correcta y que los cambios esperados se traduzcan en justicia y en el pleno ejercicio de sus derechos.